Es difícil gambetear la nostalgia cuando uno confecciona estas listas. Por alguna razón los primeros puestos “instintivos” suelen pertenecer a 1992-1997, los años que van desde mis 13 a mis 18, o mejor dicho, el momento en que el alma nerd se aleja de las influencias del hogar, de la tele, y de la limitación de lo que mamá y papá compran para empezar a elegir por su cuenta el camino que seguirá su afición. Suelo barajar y dar de nuevo cuando caigo en ese vicio, pero en el caso de mi afición por los cómics es casi imposible separar mi adolescencia de los intentos igual de torpes y (a la distancia) embarazosos de la industria del cómic de madurar, más o menos en la misma época.

Creo que serían muy pocos los que pondrían al tope de cualquier lista de cómics mainstream algún título surgido entre 1990 y 1995. Es la época en que Marvel perdió todo su talento (y su “talento” también) a la recién fundada Image Comics, y en que DC descartó todo lo bien hecho en su Crisis de 1985 camino a la Muerte de Superman, Knightfall (¡Jean-Paul Valley!) y al incomprensible “evento” Zero Hour. El lado independiente de los cómics había pasado su boom de los años ochenta y estaba perdido en peleas internas mientras que los mayores talentos surgidos en esa época (Alan Moore, Gilbert Hernandez, Art Spiegelman, por nombrar algunos) peleaban contra una industria indiferente y contra sus propios bloqueos creativos.

Una de las pocas luces en este panorama era la línea de cómics “para lectores maduros” de DC, que englobaba un puñado de series de bajas ventas pero muy alto perfil creativo como Hellblazer, Sandman y Doom Patrol. Y aunque técnicamente formaban parte del Universo DC, los años de historia compartida y las limitaciones del género superheroico eran un lastre para las ambiciones creativas de sus guionistas y dibujantes. Por eso es que DC en 1993 decide separar estos títulos en un sello aparte editado por la mujer que había “descubierto” a Moore, Neil Gaiman y Grant Morrison: Karen Berger.

Berger manejaría el sello durante 20 años, pasando de su primera época dedicada a fantasías psicodélicas y experimentos ambiciosos, a una segunda etapa signada por los policiales y una narrativa cercana a lo que proponía HBO en la televisión, hasta la época actual donde, como todo DC, parece ser más interesante desarrollar marcas para explotar en otros medios que explorar las posibilidades del cómic. Estos son mis 10 títulos favoritos de Vertigo, los que considero son los más importantes y los más representativos de la esquina comiquera más interesante de los años ‘90.

(NOTA: Leí al menos los primeros dos o tres números de todas las series que público Vertigo en sus primeros 15 años, pero puede que se me haya pasado algún título, y me encantaría saber cuáles en los comentarios) (NOTA 2: excluyo de esta lista los títulos que se originaron en DC o en otra editorial pero que terminaron en Vertigo, como Animal Man, Astro City, Moonshadow o Shade The Changing Man. Lo digo antes de recibir 20 comentarios diciendo que me olvidé de Sandman) (y aparte tampoco me gusta taaaanto Sandman).

10. Y The Last Man

Si Brian K Vaughan se hubiera retirado en el número 24 o 25, dejando la serie inconclusa para dedicarse a la jardinería, Y: The Last Man estaría mucho más alto en mi ranking. La premisa (todos los hombres del mundo mueren, menos nuestro protagonista Yorick) es fascinante pero muy difícil de sostener a largo plazo, y como suele pasar con las series de este autor, la narrativa degenera a “leí algo en este libro de Malcolm Gladwell o Bruce Sterling sobre como funciona la mente / la sociedad / la ciencia y lo voy a incluir en mi historia sea como sea”, como pasó en Ex Machina o Runaways… pero aunque degenere en los últimos números, Y: The Last Man sigue siendo uno de los proyectos más ambiciosos y originales de Vertigo.

 

9. Transmetropolitan

Lo contrario pasa con Transmetropolitan. En 1996 DC creó Helix, un segundo sello solo de nombre que funcionaría básicamente con el mismo equipo editorial de Vertigo pero se dedicaría a la ciencia ficción, un prospecto que me parecía genial hasta que empezaron a salir los títulos en sí, obras a medio cocinar de autores geniales como Michael Moorcock, Dave Gibbons y Howard Chaykin. Pero la peor, a mi entender, era Transmetropolitan, un intento de Warren Ellis (para mí en ese entonces un Grant Morrison del subdesarrollo) de mezclar el cyberpunk de William Gibson con el periodismo “gonzo” de Hunter S. Thompson.

Pero cuando Helix murió y Transmet abandonó las historias individuales de taller literario que caracterizan sus primeros dos volúmenes, Ellis aprendió a estructurar una historia en varios números y con The New Scum logró el primer capítulo memorable de una serie con altibajos pero que, como las mil pastillas a las que el protagonista Spider Jerusalem es adicto, se consume con placer. Los últimos números exageran un poco las cualidades mesiánicas de Spider, algo que parece ocurrir con cada final de serie extendida de Vertigo (Y, Sandman, y Preacher comparten la misma metáfora de muerte y resurrección), pero su centro incluye varios de los mejores números individuales que publicara Vertigo.

8. Fables

Si Ellis y Vaughan son víctimas de su propia ambición y sus ganas de contar lo más posible en 22 páginas, Bill Willingham y sus Fables sufren del vicio opuesto, en una serie estructurada a la perfección, que plantea desde su inicio una seguidilla de secretos y misterios, para luego transmitir su información con cuentagotas. Es que la influencia de Willingham no es la fantasía o la ciencia ficción sino la narrativa de crimen y de misterio, y junto con 100 Bullets esta exitosa saga cambió mucho el perfil del sello, en algunos casos para mejor, en la mayoría para peor. Sin embargo Fables sigue siendo quizás la más satisfactoria de las series de esta lista. No tiene un solo número malo, pero casi ningún número perfecto.

7. Deadenders

Luego del final de Sandman y el fracaso de varias series consecutivas que continuaban la obra de Gaiman narrativa o temáticamente (algunas realmente pésimas como The Dreaming y House of Secrets), Vertigo sufrió una crisis de identidad que abrió la puerta a otros géneros, con series como la cruel Scalped, la fallida pero fascinante American Century, y esta historia que podría ser una serie de ciencia ficción de Cris Morena si no fuera por la sinceridad con la que Ed Brubaker trata las emociones de sus adolescentes postapocalípticos. Deadenders fue un fracaso, claro, y su final abrupto todavía resulta chocante, pero puede subirse al podio de las brillantes series adolescentes cortadas de golpe junto a Freaks & Geeks y My So-Called Life.

6. 100%

Vertigo era muy, pero muy cómoda para sus creadores. Los que la fundaron como Peter Milligan y Neil Gaiman y los que crecieron con el sello como Mike Carey o el mismo Vaughan tenían una profunda libertad creativa y respetaban la opinión de Berger y sus colaboradores (que luego tendrían carreras notorias en el medio) como Tom Peyer y Axel Alonso. También había artistas que preferían trabajar por su cuenta y por lo tanto tenían una relación ríspida… pero el talento es el talento, y Berger estaba dispuesta a esperar lo que fuera por la próxima novela gráfica de Kyle Baker o el siempre retrasado próximo número de la miniserie del momento de Paul Pope.

Pope es uno de los últimos verdaderos genios que han surgido del cómic norteamericano mainstream. Una extensa estadía en la editorial Kodansha de Japón lo ayudó a definir un estilo narrativo con un pie en el under yanqui y otro en el manga más tradicional, y sus historias urbanas mantienen la progresión casi predecible del “shonen” nipón con una capa extra de suciedad digna de un artista callejero y una mitología digna del más delirante Jack Kirby. Pero con strippers y drogas de diseñador. 100% es redondita, y aunque quizás Heavy Liquid sea temáticamente más ambiciosa, la primera impresión de Pope siempre es la más fuerte.

5. Enigma

Mi teoría es que Peter Milligan es el guionista más talentoso de su generación, pero quizás también sea el menos ambicioso, más preocupado por los detalles que por la narrativa, por los símbolos que por el diálogo, y por las relaciones entre sus personajes que por las mitologías que caracterizaban al Vertigo de principios de los ‘90. En esos años Milligan exploraba la psicología en Shade a la vez que jugaba con la anarquía pop en Girl y el sadomasoquismo en The Extremist, pero su obra más interesante de esa epoca es una miniserie… de superhéroes. Bueno, más o menos, en realidad es un punto de partida para explorar la idea del auto-descubrimiento y la ambigüedad de las máscaras. El arte de Duncan Fegredo, otro talento que nunca encontró ese gran proyecto, corona una de las primeras y mejores publicaciones de Vertigo.

4. We3 (Seaguy, Sebastian O, The Filth, Flex Mentallo)

La presencia de Grant Morrison en el universo DC mainstream de los últimos años y su punto de vista corporativo y casi cruel con respecto a los maltratos sufridos por Moore, Siegel y Shuster hace que sea difícil reconciliarlo con el prolífico creador que alcanzó su pico creativo a principios de la década pasada con un arco inigualable en X-Men, la novela gráfica JLA: Earth 2 y una seguidilla de miniseries para Vertigo coronada por esta historia contada en tres números que, no por casualidad, toca uno de los pocos rasgos humanos de Morrison: su rechazo a la crueldad contra los animales. Y aunque la historia es conmovedora, emocionante y tan enfurecedora como Morrison busca, el gran atractivo de We3 es la experimentación con la que Morrison y Quitely encaran cada página, un “western manga” (palabras de Quitely) a años luz del Morrison abstracto de Doom Patrol y Flex Mentallo y más lejos aún del Morrison literario de The Filth o Sebastian O.

3. 100 Bullets

100 Bullets no debería funcionar. Para empezar, su guionista no es particularmente brillante. El estilo de Azzarello es policial negro genérico, y la influencia narrativa de las series de los Davids Milch y Chase (The Sopranos y NYPD Blue) se sienten con pesadez en la estructura televisiva y el moralismo irónico de los primeros números.

Pero algo pasó cuando Azzarello hizo click con el artista argentino Eduardo Risso y decidió alejarse de su propia mitología y dejar que los personajes lleven adelante la historia. Porque a pesar de la premisa irresistible de la serie (“¿qué harías si te dan un portafolio con la foto de la persona que te arruinó la vida y 100 balas imposibles de rastrear?”) y la historia de familias antiquísimas conspirando para dominar el mundo, el verdadero atractivo de 100 Bullets está en Lono, Graves, Dizzy, Wiley y un elenco perfecto de antagonistas y secundarios.

2. Preacher

La serie con la que Vertigo llamó la atención del mundo de los cómics, demostrando que podía ser tan temáticamente audaz como los independientes y a la vez comprometerse a una historia seriada intrincada, provocadora, pero que no buscaba nunca la satisfacción inmediata. El protagonista, Jesse Custer, es un ex-predicador poseído por una entidad mitad angel y mitad demonio, que recorre los Estados Unidos buscando la presencia de un Dios que abandonó su puesto, perseguido por figuras icónicas y organizaciones gubernamentales. Custer es un protagonista perfecto, una mezcla del comediante Bill Hicks, Jack Kerouac y Johnny Cash, pero (a pesar de sus grotescos arcos narrativos) es la sinceridad de la exploración del bien y el mal que hace Garth Ennis y la profunda empatía que genera su trio protagónico.

1. The Invisibles

La ambición no es la mejor amiga de los grandes artistas, y por cada Capilla Sixtina en la que todas las partes de un complejísimo todo encajan, hay una Pandillas de Nueva York o una The Fountain que se derrumban sobre sus brillantes autores. Grant Morrison es lo opuesto: mientras más delirante es su ambición, mejores son sus obras, como pasa con Seven Soldiers y con esta serie (o trilogía de series) que busca transmitir una visión completa del mundo: política, social, psicomágica, sexual… The Invisibles es, como el ritual de William Gull en From Hell, la autopsia de un siglo y la ceremonia de bienvenida del siguiente.

Pero a la vez, The Invisibles es una obra de densidad literaria inusitada para un cómic, en la que Morrison homenajea a todos y cada uno de sus ídolos (desde Lord Byron hasta Michael Moorcock) invocándolos como influencias y como símbolos. Desde los Beatles hasta Lovecraft, pasando por Aleister Crowley (un nombre que se repite como mantra en el Vertigo de los noventa) y referencias a su propia obra, The Invisibles salta de la cultura con mayúscula a la cultura pop sin ninguna clase de pudor.

Y finalmente, The Invisibles es un genial cómic de aventuras, protagonizado por un elenco que convierte a los descastados de Doom Patrol en una célula terrorista y los manda a misiones perfectamente coreografiadas, de alta intensidad emocional y dibujadas por dioses como Chris Weston, Phil Jimenez y Steve Yeowell. Invisibles fue el cómic más importante de la década, y es hasta poético que nunca haya influenciado a nadie más que a Morrison mismo.